¿Buen chico o actor?
En "Good Boy" todo lo que estamos viendo en pantalla viene de la forma en la que nos presentan el momento. Me pregunto: ¿Es Indy un actor?
Hace pocos días, el premio a Mejor Actor en una película de terror de los premios Astra fue otorgado a Indy, el perro protagonista de la película “Good Boy”, ganándole a Sally Hawkins, Alison Brie, Alfie Williams, Sophie Tatcher y nada menos que Ethan Hawke. Cuando supe de la nominación pensé que se trataba de una broma, y no porque dude de la capacidad de un animal de causarnos todos los sentimientos posibles—¡ay, caballito de Atreyu, hasta ahora te recuerdo!— sino porque, para mí, “actuar”, en ficción, significa habitar el cuerpo de un personaje para darle realidad.
Planteo entonces la pregunta: ¿Indy está actuando? Está frente a una cámara, está llegando a sus marcas, está mirando donde tiene que mirar —probablemente tras una señal de su entrenador— y el momento dramático, o terrorífico, está llegando a nosotros con fuerza. Nos está moviendo como espectadores. De eso no hay duda. Lo mismo podría decirse de los dragones digitales en Juego de Tronos, o el divertidísimo Krypto en la nueva entrega de Superman. Sí hay una gran diferencia, por supuesto, Indy existe y su trabajo es resultado de mucho entrenamiento y gran inteligencia canina, mientras que los dragones y Krypto fueron creados en post-producción. Supongo que lo mismo pasaría con Tilly Norwood, creada con inteligencia artificial.
Pero sigue mi duda: ¿Está actuando? Indy, por más inteligente que sea, no tiene idea de que es un personaje en una película, no entiende el momento en que se encuentra, y probablemente está siguiendo una serie de instrucciones que ha aprendido para: 1) Hacer feliz a su papá —en este caso, el director; y 2) Obtener un delicioso premio comestible. Todo lo que estamos viendo en pantalla no viene de la intención del actor sino de la forma en la que nos presentan el momento. O sea, la emoción que recibimos por parte de Indy no viene del perro sino de la forma en la que Ben Leonberg —el director/editor/papá de Indy— nos la presenta.
Un argumento contrario: Se dice que en uno de los momentos cumbres de Casablanca, en el que Victor Laszlo pide que se entone La Marsellesa, a Humphrey Bogart lo maquillaron, lo peinaron, y le pidieron que se parara en su marca y afirmara con la cabeza. Ese gesto marca el momento en que Rick Blaine decide tomar partido contra el totalitarismo y es uno de los más emocionantes de la película. Si esta historia es cierta, la emoción que recibimos no vino del actor sino de la situación en la que nos puso la película, ¿alguien pondría en duda la capacidad actoral de Bogart?
Me queda, entonces, una extraña sensación con este premio a Indy. Tal vez si se llamara “mejor interpretación” y no “mejor actor”, sentiría que es más preciso. Como bien dijo el director: “[Indy y yo] queremos agradecerles que hayan reconocido su trabajo en una película en la que él ni siquiera sabía que estaba”; y por más que luego hable sobre el gran trabajo del entrenador y del equipo, y de las nuevas formas de contar historias, hasta él mismo no parece convencido de llamarlo “actor”.
Eso sí, no hay duda de que Indy es un muy buen chico.



